
Hoy a la salida del trabajo me tomé la Línea C del Subte en Lavalle. Obviamente al ser hora pico estaba lleno, casi desborbado, y eso sin contar la manada de personas que subieron en la siguiente estación, Diagonal Norte.
Resulta que todos ibamos así, agarrados como podíamos y tambaleandonos en nuestro frágil equilibrio cuando de repente, así de la nada, en el medio del tunel, el subte frenó. Y frenó, vaya a saber uno por qué, con una marcada rapidez. El resultado fue inevitable, la inercia pudo más que nosotros y cual fichas de dómino casi todos los pasajeros de ese vagón nos caimos. Los que estaban por el medio sin nada de que agarrarse cayeron sobre los que tenían cerca, los que estabamos agarrados quedamos en una bizarra pantomima entre los que caían y los que estaban sentados, en un esquina un pibe se desplomó encima de una señora que iba en silencio, más allá alguien quedó colgado del brazo de un señor, por ahí un libro cayó al piso.
Pero si eso fue inevitable, lo que sucedió a continuación fue inesperado. El mundo reclamaba que nuestra reacción fuese la de enojo, de bronca, la reprimenda ya pautada de la señora silenciosa contra el pibe, el gesto de repudio del señor hacia el alguien colgado de su brazo, la infractuosa búsqueda del libro pisoteado por seres desconocidos. Quizás, también, el mundo nos permitía una tenue indeferencia, un entendimiento neutral, la mirada callada de la señora silenciosa al pibe, el movimiento calculado del brazo que se libera, el libro que es recuperado sin demasiada resistencia. Lo que el mundo no esperaba fue lo que sucedió, esa pequeña patada al tablero que si no lo logró mover aunque sea lo sacudió.
Nos reímos. Los pasajeros, ellos, yo, nosotros, nos reímos. La señora silenciosa quebró su mudez, una risa abrigó al pibe que en su propia risa se levantaba y pedía perdon, por allá el señor del brazo y su alguien mantenian el contacto en el sonido de su repentina carcajada, el libro aparecía entre unos pies que sonriendo se agachaban para encontrarlo. Cerca de la puerta alguien hizo un chiste sobre un zamba, más alla dos amigos se abrazaron en su callada risa, un regocijo general encontró a los que se enderezaban, a los que sin nada de que sostenerse encontraban humor en la perdida de equilibrio.
- Nos fuimos todos, eh -decía un hombre de gorra de lana a una mujer de cartera de cuero.
- Ay si, por favor -respondía la mujer tapándose la boca, riendo discretamente.
Ya enderazados observamos por las ventanillas, comprobamos la teoría de que el subte había frenado en el medio del tunel, sin aviso, con violencia, haciendo trastabillar al mundo completo. Pero el reclamo que probablemente estuviese surgiendo en algún otro vagón, la poca empatía que ellos estarían sintiendo, despegandose como si de chicles se trataran, leve asco de verse aplastado por otras personas, en el nuestro ni siquiera asomaba con aparecer. Mas aún, la quietud nos daba una oportunidad de que las miradas se crucen, de que los gestos cómplices encuentren sonrisas. Una oportunidad para reacomodarnos, sin miedo a caer nuevamente.
El subte arrancó, un amague de freno entre las estaciones San Juan y Constitución disparó la alegría callada, el amigo que le decía al otro:
- ¡Ahí vamos de nuevo!
- ¡Agarrate bien esta vez!
Y el compañerismo secreto de saber que eramos parte de algo sin nombre, algo diminuto pero a la vez explosivo, que ahí, en ese subte, en ese vagón, nos dio un momento de regocijo, de calma.
Ya en la última estación las puertas se abrieron, los pasajeros nos dispersamos y el mundo como tal nos reclamó, inundándonos otra vez con sus frases, sus prejuicios, su falta de silencio, su necesidad de agobiar.
Y aquel momento de risa en el subte, aquella extraña prueba de que la gente no está tan loca como un cree se fue esfumando lentamente, quizás sin mas evidencias que estas palabras las cuales, ahora, tres horas después, se me hacen de plástico.
Dema.